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fuerza a recordar la historia de aquel hombre que se ponia a la ventana para verse pasar por la calle.*

Un niño de diez años, añade M. Leroux, echaría por tierra el sistema de M. Jouffroy haciendo esta simple observacion: es imposible pensar sin pensar en algo, i si se piensa en algun objeto, se piensa en este objeto, i no se puede observar el pensamiento.**

Repetimos que no es posible analizar una obra como la de M. Leroux. Nos basta que nuestro rápido bosquejo dé a conocer la importancia de esta polémica. En cuanto a las ideas propias, emitidas por este escritor, sobre la converjencia de los trabajos de la filosofía tlesde Descartes, sobre la identidad de la rclijion i de la filosofía, sobre la doctrina del progreso combinada con la de lo ideal, i sobre la confirmacion que de todos los trabajos modernos han recibido la teolojía cristiana i el dogma de la Trinidad, estos asuntos nos han parecido demasiado graves para tratarlos a la lijera. Nos contentaremos con recomendarlas a los espíritus meditativos, aficionados a las contemplaciones relijiosas i filosóficas; i desde

ticular. Pero por eso mismo no podemos considerar el alma i la conciencia como términos sinónimos. (Noía do Bello.)

* No hai la menor anal ojia entre las percepciones de la conciencia i las de los sentidos. Siempre nos ha parecido impropia, i poco filosófica, la denominacion de sentido intimo que solia darse a la facultad con que el alma se percibe a si misma. (Nota de Bello.)

** Años há que el doctor Brown habia hecho este argumento para negar la existencia de la conciencia, como facultad distinta de las otras del alma. Pero el raciocinio rueda sobre un supuesto falso: «que el alma no puede pensar en dos cosas a un tiempo.» Si el alma no pudiese pensar en uno o mas objetos simultáneamente, ¿cómo percibiría semejanzas i diferencias? ¿Cómo percibiría relacion alaruna? ¿Cómo juzgaría? ¿Cómo raciocinaría? ¿Qué ideas complejas le sería posible formar? (Not¿i de Bello.)

ahora les anunciamos que hallarán en el libro de M. Leroux, no solo doctrinas jenerosas i consoladoras, sino un vigor de estilo, una tuerza de discusion, una vida i un movimiento, que la filosofía parecía haber olvidado desde la edad de Rousseau.

Adolfo Guérnult.

Las notas cortas, pero sustanciosas, que acompañaban el artículo copiado, despertaban la curiosidad sobre la cuestion propuesta, i hadan meditar, hablar i discutir acerca de ella.

Don Andres Bello ha refutado victoriosamente en su Filosofía del Entendimiento las objeciones de Tomas Brown contra la existencia de la percepcion intuitiva.

Sería ocioso repetir sus argumentos.

Juan Stuart Mili ha sostenido la misma doctrina de Tomas Brown, pero, en mi humilde concepto, carece de razon en este punto.

El hecho es que hai fuerzas que experimentan diversas modificaciones sin tener conocimiento de ellas, mientras que el alma posee la facultad de percibir los fenómenos de que es teatro.

La cuestion está reducida a observar lo que sucede, i a consignar fielmente lo que se observa.

La conciencia filosófica no es una vana tautolojía.

IV

La intelijencia vigorosa de don Andres Bello se aplicó al estudio de todo lo existente desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande.

Cuando joven, se puso a examinar las costumbres de las hormigas, i consignó sus observaciones en una prolija memoria, que destruyó despues de haber leído otra relativa al mismo asunto, redactada por el naturalista suizo Huber, la cual quitaba toda novedad a la suya.

El hombre que se tendia en la tierra para escudriñar un hormiguero, sabía levantar la vista al cielo, o jirarla en torno suyo, para penetrar los innumerables arcanos del universo.

Recordaré que ha eserito sobre la realidad del mundo externo, i sobre la existencia de Dios.

Una feliz casualidad me ha hecho descubrir, i una larga paciencia ha permitido poner en limpio, tres artículos inéditos de don Andres Bello referentes a la Filosofía Fundamental compuesta por don Jaime Bálmes, los cuales vienen a completar los tres publicados en el tomo VIT.

Helos aquí.

FILOSOFÍA. FUNDAMENTAL POR DON JAIME BÁLMES

I

Si en algun punto el sabio i profundo autor de la Filosofía Fundamental ha quedado inferior a sí mismo, es, a nuestro juicio, en el de la relacion del mundo interno de las sensaciones con un mundo externo. Culpa será de nuestra escasa intelijencia; pero, hablando francamente, nos parecen destituidos de toda fuerza los argumentos de Bálmes contra el sistema idealista que no admite, o por lo ménos pono en duda, la existencia sustancial de la materia. El modo en que propone la cuestion, pudiera hacer creer que no la ha considerado bajo su verdadero punto de vista.

«¿De la existencia de este mundo interno, que resulta del conjunto de las escenas ofrecidas por las sensaciones, podemos inferir la existencia de un mundo externo?»

«Para la inmensa mayoría de los hombres, la existencia de un mundo real, distinto de nosotros, i en comunicacion continua con nosotros, está al abrigo de toda duda.»

Bálmes tiene razon hasta cierto punto; pero «es preciso aclarar qué es lo que se entiende jeneralmente por realidad del mundo externo o de la naturaleza corpórea.

Lo que se llama real en este asunto, es la regularidad i la consecuencia de los fenómenos. Creemos que un árbol existe realmente: 1.° porque vemos que todos los hombres lo perciben como nosotros; 2.° porque lo sometemos al exámen de varios, sentidos a un tiempo, principalmente al del tacto, i el testimonio de cada uno de ellos apoya i confirma el de los otros; 3.° porque, repetido este exámen, nos da constantemente un mismo resultado; i si no nos lo da, si, por ejemplo, notamos que le faltan a este árbol algunas ramas, o que ha desaparecido del lugar que ocupaba, podemos explicarnos estas diferencias por medio de ciertos accidentes que conocemos, o conjeturamos, por cuanto guardan una perfecta consonancia con las leyes de la naturaleza, leyes independientes de nosotros, i a cuyo dominio están sujetas nuestras sensaciones i las de todos los hombres. En una palabra, suponemos que nuestras sensaciones son producidas por causas que no están en nosotros, que existen fuera de nosotros. Ahora bien, la realidad del mundo corpóreo así entendida solo puede ser rechazada por el extravagante escepticismo que duda de todo: lo que niegan los idealistas a la materia, es cosa diversa. El verdadero punto de la cuestion no está en la existencia de causas externas, extrínsecas al yo, independientes del yo, sino en el de la naturaleza de esas causas. Los idealistas reconocen que hai causas extornas: el mundo corpóreo es para ellos el conjunto de estas causas; lo que se trata de saber es qué sean. ¿Son seres concretos, sustancias verdaderas, como lo es nuestro espíritu, aunque destituidas de intelijencia i de sensibilidad? ¿O son leyes jenerales que determinan el encadenamiento de las sensaciones i las hacen suceder unas a otras en el alma, segun reglas constantes, conocidas en gran parte, sujetas a la experiencia i al cálculo; leyes que el supremo autor de la naturaleza ha establecido i conserva; leyes que no existen, sino en su voluntad soberana, i que obran sobre los espíritus creados inmediatamente, i no por el intermedio de otras sustancias creadas que carecen de vida i sentimiento?

Dos imájenes groseras pueden servirnos para concebir la cuestion.

Supongamos una vasta máquina, compuesta de diferentes órdenes de teclas, a las cuales corresponden, segun ciertas condiciones, diferentes órdenes de sonidos; que estas teclas se mueven por sí mismas, i combinan i armonizan sus movimientos con sujecion a leyes constantes, procediendo de este juego de las teclas las respectivas series i combinaciones de sonidos; i que ciertos ajentes extraños a la máquina pueden mover algunas de las teclas, las cuales a su vez mueven otras en conformidad a las mismas leyes i pro

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